UN LIBRO, UN VESTIDO.

En mil novecientos ocho se publicó por primera vez Ana de las Tejas Verdes (Anne of Green Gables), ciento diez años después “la niña” de Lucy Maud Montgomery sigue conquistando nuestros corazones…al mío llegó de la siguiente manera: cayó desde el quinto estante de una librería y, Mark Twain, sí, el mismísimo Mark Twain, me recomendó leerla. Para que ustedes, queridos amigos, comprendan la veracidad de los hechos, quizá deba explicar la situación.

Tengo un hijo de doce años con el que leo, soy apasionada lectora, pero desde que nació mi hijo esta pasión se ha dividido; por un lado están los libros que leo yo, de forma privada, a solas, y por otro los que leemos mi hijo y yo. El interés por transmitir la pasión por la lectura a mi hijo, especialmente la lectura de obras clásicas, me ha redescubierto la grandeza de la literatura infantil y juvenil. Mi guía en este propósito no ha sido ningún manual pedagógico para el fomento de la lectura, en este camino que aún transitamos, el interés por la buena literatura y la magia es lo que nos orienta, y por eso nos han sucedido cosas como que el gran Mark Twain nos recomiende libros.

Una tarde del mes de junio mi niño y yo fuimos a ojear algo a la librería; la semana de antes habíamos terminado de leer Las aventuras de Tom Sawyer en una magnífica edición de Blume  ilustrada por Robert Ingpen. Teníamos la resaca que dejan los buenos libros, ese sentimiento de plenitud y anhelo por todo lo que habíamos experimentado con unos personajes que durante tantos días llenaron nuestra casa.

-Mira, aquella Señora de pelo gris fue la que me recomendó que me hiciera con la edición de Tom Sawyer que acabamos de leer- le dije a mi hijo.

-Ojalá alguien nos recomendara otro libro tan bueno como ese…- respondió él. Aquella frase tuvo el efecto de un conjuro porque en ese mismo instante, desde lo alto de la estantería que quedaba a nuestra derecha, se precipitó un libro cuya contraportada fue a dar a nuestros pies y en donde rezaba el siguiente texto:

“Desde la inmortal Alicia, Ana, la de Tejas Verdes, es la niña imaginaria más encantadora que se haya creado” (Mark Twain, autor de Tom Sawyer).

La portada correspondía a la cuarta edición de Ana la de Tejas Verdes editada por Toromítico. Recogimos del suelo nuestra nueva aventura lectora, entonces no sabíamos lo mucho que significaría aquel libro en nuestras vidas: lo que íbamos a reír, lo que íbamos a llorar, lo que aprenderíamos con aquella niña…

También a principios del mes de junio, pero de un mes de junio de hace más de cien años, Ana llega a la estación de Bright River; abandonada en el mundo, sus únicas posesiones son una maleta de cartón desgastada, lleva un vestido amarillento que le queda pequeño y es muy feo. Matthew Cuthbert, sabe que no es el chico huérfano que él y su hermana esperaban, no obstante, lleva a Ana a Tejas Verdes…son dos seres antagónicos que sin embargo poseen “almas gemelas”. De camino a Tejas Verdes unos cerezos en flor hacen que Ana piense en una novia y esto provoca la siguiente confesión:

“No tengo esperanza de ser nunca una novia. Soy tan feúcha…Pero sí espero algún día poder tener un vestido blanco. Esa es mi máxima esperanza de felicidad terrenal. Adoro la ropa bonita. Y nunca he tenido un vestido bonito en toda mi vida…”

En Ana de las Tejas Verdes las referencias al mundo de la costura y de la moda infantil hilvanan toda la historia, tanto es así, que lo que pone en alerta a Rachel Lynde, ya en la primera página de la novela, es el hecho de que el tímido y silencioso Matthew condujera su calesa con “su mejor traje”. Si en algún momento Rachel, directora del círculo de costura de Avonlea, nos resulta antipática, es por poco tiempo, pues si bien en un principio es muy dura y crítica con la pizpireta Ana, después comprende igual que Matthew, lo que la niña necesita.

Entiéndase la metáfora: Todo niño debe tener en su vida un vestido bonito, al menos uno, al menos una vez.

Marilla Cuthbert proporciona a Ana tres vestidos: sencillos, cosidos con el mismo e invariable patrón, pulcros, limpios, duraderos, sin florituras ni volantes…pero no entiende la necesidad de la belleza, de la estética, del esmero, del preciosismo, ella misma reconoce que no se ha preocupado en hacer vestidos bonitos porque no cree en “vanidades y mimos”, los trajes deben ser útiles, “todo lo demás es pura extravagancia”; sin embargo, su hermano, un granjero sencillo y sobrio, es capaz de superar todas sus limitaciones y cumplir el sueño de nuestra protagonista.

La relación de Ana y Matthew nos emociona, es una construcción perfecta de nuestra autora.

El radiante optimismo de Ana, su infinita y graciosa imaginación, su humor, nos enamora y nos da una lección de vida, Ana nos enseña a que: “se puede disfrutar de todo si uno está firmemente decidido a ello”. Ana, para quien no la conozca, es fuerte, autónoma, inteligente, independiente ,orgullosa,  buena y generosa, por supuesto que sobreviviría sin un vestido bonito, pero cuando al fin tiene uno, un vestido con encajes, hileras de frunces, delicados volantes y mangas abombadas… un vestido diseñado y confeccionado con amor y belleza…entonces oh!!!:

“Me sentí como si un millón de ojos me estuvieran mirando y me atravesaran y por un horrible instante estuve segura de que no podría empezar a hablar. Entonces me acordé de mis preciosas mangas abombadas y eso me dio valor. Supe que debía actuar de acuerdo a esas mangas.”

Ana encuentra en Tejas Verdes un hogar, es querida y apreciada por todos en Avonlea, y a todos devuelve el apoyo recibido, supera su pasado de carencias y penurias, crece, y con ayuda de los adultos que la quieren, cambia un feo y triste vestido por uno bonito y alegre.

La señora Rachel nos recuerda que “no hay ningún método duro y rápido que convenga a todos los niños”. Creo que todos estamos de acuerdo en que educar bien a un niño es como confeccionar un buen traje: hay que observar, medir, crear un patrón, unir las piezas con mimo, probar y rectificar…poner un lazo aquí, una cinta allá…cuidando la calidad y la belleza.

Lean Ana la de Tejas Verdes con sus hijos, no se lo digo yo, recuerden, se lo recomienda Mark Twain; y si pueden, cómprenles un vestido bonito…eso lo recomienda Ana.

Sonia Muñoz Montero. Humanista y educadora social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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